Territorio de la Fundación Espiritual

8/12/09

FUNDACION ESPIRITUAL DE LA ARGENTINA





por MIGUEL GRINBERG


El viernes 4 de diciembre pasado, convocados por Ludovica Squirru a las 5 de la tarde, un grupo de “fundanautas” se reunió en Ojo de Agua (Traslasierra, Córdoba) para celebrar otro aniversario de su propuesta denominada Fundación Espiritual de la Argentina. El paraje rodeado de cerros, otrora territorio de los indios comechingones, no alberga construcciones humanas ni ostenta carteles alusivos a la ceremonia y las intenciones de la iniciativa. Se parece a la germinación de una semilla en la profundidad del suelo fértil, o al trabajo de reconstrucción del tejido que las células humanas producen en el fondo de una herida. Paciente y empecinado.

La anfitriona explica: “La Argentina necesita una inyección de vida, aliento, esperanza, que provenga de una buena aspectación cósmico-telúrica. Y el proyecto existe en cada persona de cualquier lugar del país y del mundo que crea que somos parte del universo, que nuestros destinos están relacionados con una memoria planetaria y celeste, además de la influencia terrestre, genética, social y material que nos permite desenvolvernos en el mundo.”

La aspectación astral que realizan los astrólogos de todas las escuelas existentes rige tanto para personas o lugares. La ubicación de los astros en el firmamento, en un momento determinado de la historia, preanuncia su destino. Orientada por la sabiduría china del I-Ching, Ludovica convocó a los “nahuales” (espíritus protectores) y echó las redes al espacio sideral para que otros expertos en las cosmovisiones maya, mapuche, oriental y asirio-caldea solar aportaran sus proyecciones sobre el 25 de mayo de 1810 y el 9 de julio de 1816, fechas matriciales de nuestro país. Las conclusiones fueron unánimes: nada iniciado en tales fechas podría prosperar. Buscaron entonces una fecha fundacional propicia y desembocaron en el 4 de diciembre de 2003. Desde entonces, ese día brinda para quienes coincidan con la propuesta, una jornada de confluencia, introspección, meditación y afirmación de la conciencia planetaria.

El punto de partida del encuentro es una ronda tribal de compenetración con los elementos naturales (suelo, aire, agua y luz) bajo un cielo que siempre ofrece los colores de la bandera argentina, y culmina con el ascenso al cerro contiguo donde está implantada una potente escultura en algarrobo de Ixchel, antigua deidad maya del amor, la fertilidad, los trabajos textiles, la medicina y la luna. Desde lo alto, frente a un imponente paisaje natural, cada participante vivencia esa inmensidad y se reafirma individual y comunalmente para su crecimiento personal, espiritual y evolutivo en los ámbitos que habitualmente frecuenta como ciudadano y ciudadana. La “fundación espiritual” no es un partido esotérico ni una secta devocional: se asume como una celebración de la experiencia cosmológica y de la convivencia terrenal. Sostiene que cada individuo es un ser espiritual dedicado a aprender el significado de la humanidad.

Hay una crucial diferencia entre religión y espiritualidad. La primera es una forma institucionalizada de culto, una organización que sostiene valores consagrados y una doctrina irrefutable. La segunda es una energía autónoma, ilimitada, que no tiene propietarios. El geoteólogo Thomas Berry afirma que todo ser humano posee dos dimensiones: la universal y la individual, el Gran Ser y el pequeño ser. Destaca que por eso nos exaltamos cuando estamos en medio de los árboles, escuchamos himnos sagrados, vemos los colores de las flores o del cielo al atardecer, o cuando observamos el fluir de un río. La fuente de inspiración es un encuentro con el Gran Ser, la dimensión donde experimentamos la realización. O sea, la consumación de haber nacido para ser y estar en el universo. Sin ella somos entes incompletos. No se trata de una percepción exclusiva de los pueblos indígenas: dentro de nuestras tradiciones también existe la percepción de que nos resulta imposible sobrevivir sin el Gran Ser. Por eso, nuestra tarea como humanos es “ser parte del gran himno de alabanza que es la existencia. Esto se llama pensamiento cosmológico. Cuando se participa del misterio sagrado, en ese momento se sabe qué significa ser plenamente humano.”

Tanto los antiguos egipcios como numerosos filósofos occidentales han perfilado la vida de las civilizaciones según cuatro ciclos o eras recurrentes: la de los dioses, los héroes, los hombres, y del caos. Se repiten a través de los milenios. Estamos cerrando un megaciclo: culmina la del caos y despunta la de los dioses. El historiador W. I. Thompson dice al respecto: “la era de los dioses es invisible para todos, excepto para quienes están en sintonía y receptivos a los dioses.”

Por ejemplo, los fundanautas.



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